Historia Provincial Malagueña

Amigos visitantes, con estas páginas que siguen pretendo dar a conocer un poco de la riquísima y variada historia del paisaje y del paisanaje de la siempre sorprendente provincia de Málaga.

Espero que les aproveche y gracias por acercarse a estas líneas.

viernes, 9 de enero de 2026

CAYETANO GÓMEZ TRAVECEDO CALVO. UN MILICIANO NACIONAL.

   Husmeando en el Archivo Díaz de Escovar, me topé con unos papeles que daban cuenta de un miliciano nacional, pero no de los hechos que protagonizó, no, tan solo me informaba de los empleos que tuvo y un par de cosas más.

    No he encontrado más información de este individuo que la que expreso aquí. Además debido a la dificultad para leer el documento, pues la tinta está muy tenue, no me queda claro si es Travecedo o Travesedo.

   Nació en la ciudad de Málaga el año de 1808 o 1809, cuando todavía los franceses no habían llegado a Málaga. Fueron sus padres Manuel y Francisca.

   La primera noticia que tenemos es que el veintiuno de enero de 1835 el gobernador civil de la provincia le nombra Visitador especial para investigar cuanto estuviese relacionado con las licencias con que debían contar las industrias y los profesionales. Diríamos que un inspector.
 
   La siguiente noticia es del mismo año que el anterior, pues el doce de octubre se alista en la Milicia Nacional, siendo destinado a la primera compañía del primer batallón y a partir de aquí, el documento nos informa de sus ascensos, destinos y premios, que son:

- en octubre de 1836 es nombrado cabo primero de la misma compañía y batallón, aunque dura poco en ese empleo, pues

- el veintisiete de noviembre de 1836 es nombrado subteniente segundo de la misma compañía y batallón, renovándolo en septiembre de 1837,

- el veintiocho de febrero de 1838 asciende a teniente segundo, pero de la segunda compañía, aunque en el mismo batallón,

- el doce de octubre de 1839 continúa con el mismo empleo, pero pasa a la primera compañía del mismo batallón, permaneciendo en ella hasta que 

- el primero de marzo de 1842, fue acreedor al distintivo que el Regente del reino, en nombre de Isabel II, concedió por Decreto de dos de agosto de 1841 a los ciudadanos que tomaron parte en el pronunciamiento de septiembre de 1840,

- el siete de mayo de 1845 nos lo encontramos de segundo teniente de la tercera compañía del batallón de artillería,

- el veintitrés de febrero de 1856, fue premiado con la cruz y placa concedida por el Gobierno en nombre de la reina, según el Real decreto de trece de diciembre de 1834 y revalidado por el Gobierno el veintisiete de febrero de 1843, por haber servido doce años en la Milicia Nacional. 

   El veintiséis de abril de 1857 pasa a situación de retiro.

   Para los interesados, el documento tiene la signatura 309 (2.4)


ANTONIO MARÍA ÁLVAREZ GUTIERREZ. UN GRANADINO-MALAGUEÑO. 1799-1874

   Nació Antonio María en la ciudad de Granada el quince de mayo de 1799, siendo bautizado por fray Manuel Bueno en la iglesia parroquial de San Matías el siguiente día dieciocho. Fueron sus padres Mariano José y María Josefa.

https://www.senado.es/cgi-bin/verdocweb?tipo_bd=HI20&PWIndice=4&Signatura=HIS-0024-08&Contenido=3

   De sus primeros años no sé nada aparte de que se dedicaba al comercio con América, y no será hasta la década de 1830 que encuentre noticias más extensas de su actividad comercial. Efectivamente, durante esta década es cuando se hace con la propiedad de dos de los conventos desamortizados en la ciudad de Málaga: el de las Agustinas Descalzas, y su iglesia, situado en la Plaza de la Constitución, y el de San Francisco, que se hallaba entre el río Guadalmedina y la calle de Carretería.

   En el solar resultante de la demolición del primero, construyó un pasaje comercial y una serie de edificios de viviendas dispuestos en forma de cruz, con una calle de esta a oeste y otra de norte a sur, con una placita en el centro. Al pasaje se le puso por nombre el de Álvarez aunque al instalarse en uno de los locales el Café de Chinitas, pasó a tener desde entonces este nombre.

   Por lo que al solar resultante de la demolición del segundo, en el construyó una serie de edificios,  unos baños, llamados primero de Álvarez y posteriormente de Las Delicias, una plaza de toros con capacidad para diez mil personas -ambos inaugurados en 1842-, la sede del Liceo artístico, científico y literario y su residencia, a la que la dotó con un jardín.

   Los baños ocuparon una parte importante de la huerta del convento y era un local amplio y

   “...está compuesto de un salon de decanso á la entrada de forma cuadrada, muy capaz, con puerta en frente á la de la entrada al jardín ó mejor di cho á la parte de huerta que queda. En el centro de este salon hay un bonito templete formado por columnas de mármol blanco, y encierra una taza de mármol rojo, que tiene un saltador. A uno y otro lado está cerrada por tresarcadas sostenidas por columnas que comunican á dos rectángulos perfectos donde están los cuartos de baños. Estos son bastante bonitos y las tinas de mármol. El centro de cada rectángulo es un pequeño jardin. El agua es muy buena considerada como para baños dulces, y como tal deben preferirse. La temporada en que se halla abierto el establecimiento es desde primero de Junio al treinta y uno de Setiembre.

   El servicio es bastante bueno pero le falta mucho para llegar al que debe haber para una sociedad de buen tono como sucede en Madrid y Barcelona, no siendo tan exigentes para desear el que se da en Paris ó Londres. Los precios son bastante módicos.”

   Estos baños fueron visitados por Isabel II cuando esta estuvo de visita en la ciudad en 1862.


   La plaza de toros, que tuvo su primera corrida el catorce de agosto de 1840, siendo las entradas a las localidades de sol por la plaza de San Rafael, a las de sombra por la calle de Zape -hoy de Don Rodrigo y a los palcos por la de Arco de los Gigantes. Dicha plaza

   “...es una de las mejores de España, por su solidez y estension, pues puede contener cómodamente diez mil personas. Ocupa parte de la huerta que perteneció al convento de S. Francisco, y por consiguiente está lindando con los baños de las Delicias y con el Liceo; debe ser objeto de la curiosidad del viagero. En el año sedan muy pocas corridas, y estas suelen no llenar todas las exigencias de los buenos aficionados.”

   En el primer cartel, se podía leer

   “…habiéndose obtenido el correspondiente permiso para ejecutar diez vistas de toros de muerte anuales, se abrirá por primera vez para que, en las tardes del 14, 15 y 16 de agosto del presente año de 1840, si el tiempo lo permite, se verifiquen tres de las dichas funciones.”

   El Liceo ocupaba la planta baja de la residencia, una zona amplia,

   “...adornado elegantemente; está precedido de un lindo saloncito de descanso; y el teatro colocado al final del salón, es de muy buen gusto. Además, y antes del descanso, hay una sala tocador para señoras, un salón para el ambigú, biblioteca, la secretaría, guarda-ropas y otras oficinas.”

   El año de 1864, decidió echar abajo la plaza de toros y edificar más viviendas, que crearon una calle, llamada, como no podía ser de otra manera, calle de Álvarez. La de al lado se llamó de Purificación, como su segunda mujer.

   Así mismo, adquirió el solar que ocupaba la cárcel en la plaza de la Constitución., demoliéndola y edificando unos edificios con un pasaje entre ambos, llamado Pasaje Heredia, existente en la actualidad, como los edificios.

   El cuatro de abril de 1851, presentó al Ayuntamiento un proyecto para la construcción de un teatro con capacidad para dos mil personas, el cual pensaba levantar, igual que los edificios, en la Plaza de la Constitución.

   Consecuente con sus negocios inmobiliarios, fue director de la sociedad local de seguros mutuos de incendios de edificios.

   Aparte de los negocios inmobiliarios, se hizo, a través de influencias, con el abastecimiento al presidio de Melilla y los Peñones, negocio que en realidad fue el primero que se sepa en el que anduvo metido nuestro hombre, solo que los anteriormente citados tienen más trascendencia por lo que supuso para la ciudad. Por este contrato, se comprometía a abastecer a los llamados presidios menores víveres y toda clase de suministros para las guarniciones y presos que en ellos se encontraban

   Precisamente, a raíz de este negocio, sufrió un naufragio y un secuestro por parte de los moros.

   Pues resulta que el veintiocho de octubre de 1836, nuestro Antonio María embarcó junto a otras doce personas, entre marineros y pasaje, entre ellos una mujer, en un falucho de nombre Caimán, con destino al presidio de Melilla. Llevaba el dicho barco una carga de víveres y bastimentos a dicho presidio, siendo una navegación buena y tranquila hasta que al atardecer del día siguiente, cuando ya se divisaba la costa marroquí, resultó que tuvo la mala fortuna de encallar en un banco de arena, dañando el barco, el cual ya debía estar en malas condiciones, pues empezó a inundarse.

   Esta situación creó alarma entre la tripulación y entre la confusión, bajó nuestro hombre a la cámara al objeto de cofre un cofre donde guardaba dos mil duros, tanto en oro como en plata, y cuando ya estaba en cubierta para saltar a la lancha, resultó que el oleaje tumbó el barco, con la mala pata de que Antonio María fue golpeado en la cabeza, perdiendo el sentido y tragando bastante agua.

   Cuando recuperó el sentido, ya habían llegado a la costa, donde tras un largo recorrido alcanzaron a llegar a una aldea, en la que pidieron socorro.

   Los aldeanos, viendo en el estado en que llegaron, les proporcionaron comida y agua, pero tras arrebatarles cuanto llevaban los recluyeron en una casa, para poco después llevarlos a una aldea cerca de donde naufragaron llamada Zama, siendo encerrados en un establo, quedando prisioneros, diciéndoles que si querían recuperar la libertad, tenían que pagar un rescate.

   Antonio María consiguió enviar recado a Félix Dole, su agente en la plaza de Melilla, quien tras hablar con el gobernador de la plaza, Rafael Delgado y Moreno, consiguió que este le autorizara a pagar el rescate, a la vez que le mandaba un escrito en el que le notificaba que

   S. D. A. M. Az.

 Me es muy grato poder anunciar a Vs. que salen las Lanchas en su busca, con el dinero necesario, y las precauciones precisas, sin embargo de las cuales quedo con el mayor cuidado, pr. el Carácter de los fronterizos, hasta qe. les tenga a Vs. en seguridad en esta Plaza, como anelo de corazón. Hemos tomado cuantas medidas creemos oportunas, pero a ellas debe Vs. ¿? La prevención y esfuerzo qe. permitan su situación pa. el buen resultado, pues qe. no tenemos buenas Lanchas.

   Hasta la vista qe. anelo, desea a V. y compañeros la posible tranquilidad su afecto S. S. q. S. M. B.

                                                                                                                    R. Delgado

   Tras el consabido regateo con los moros, al final se convino en pagar un  rescate, que según una versión fue de mil duros, la mitad en oro y la mitad en plata.

   Pero cuando ya se las prometían felices, resultó que el jefe de la aldea dijo que de oro nada, que en plata, provocando la ira de Antonio María, creándose una situación muy tensa en tato se esperaban los quinientos duros en plata, pero dijo el jefe que hasta que no llegasen esos quinientos duros, dos de los rehenes se quedaban allí en prenda. De modo que los restantes fueron embarcados en un falucho y conducidos a Melilla, donde fueron recibidos con alegría, con repique de campanas y disparos de cañón.

   El dinero restante fue llevado a la aldea y los dos rehenes pudieron llegar sanos y salvos a Melilla.

   Según otra versión, y esta, a mi entender, es la fiable, se afirma que el rescate de Antonio María y el de los demás le supuso un desembolso de trece mil duros según aparece reflejado en su testamento, otorgado el once de octubre de 1870

   “...quedando cautivos y perdiendo mas de trece mil duros, incluso el rescate de toda la tripulación, que pagué por caridad...”

   Esta aventura la plasmó Antonio María en un opúsculo titulado Mi naufragio, el cual mandó a la imprenta en 1858, en el cual añadió unas páginas en las que narraba la muerte de su hijo Antonio, el habido con su primera mujer, a quien su padre, en su afán de proporcionarle una educación lo más amplia posible, decidió en 1854 mandarlo a estudiar a Alemania, de modo que se embarcó en la goleta Acys, que hacía la travesía Málaga-Hamburgo, pero con la mala fortuna que hallándose ya en el estuario del río Elba, se desató una tormenta que el barco se fue a pique, naufragó, llevándose por delante las vidas de unas cuantas personas, entre ellas Antoñito.

   Esta desgracia la relata, como si de una carta a un amigo fuese, de la forma siguiente:

   Querido amigo: otros acontecimientos desgraciados como los que te llevo reflejados, me hacen tomar la pluma para que el débil bosquejo de mis sufrimientos que dedico á tu memoria  no quede en parte alguna incompleto. Escrito estaba en el libro del destino, que un Antonio María Álvarez había de se víctima del elemento que tan contrario se me ha mostrado siempre.

   Un hijo querido, en todo el vigor de su juventud, al ir á continuar sus estudios en Alemania, sufrió la muerte horrorosa cuyo pormenor verás en el  adjunto certificado. Dice así:

   El lunes 3 de Noviembre de 1854, delante de mi, Eduardo Schramm, notario jurado y público, doctor en derecho de Hamburgo, y de los testigos que firman abajo, Federico Eodoro Prohm y Adolfo Ritte vecinos de esta ciudad, en mi estudio número 46, Hermannstrasse en Hamburgo, ciudad libre y hanseática, compareció el capitán Carlos Gustavo Osterstrom que mandaba la goleta Sueca Acys, cuyo destino era ir de Málaga á Hamburgo, y que durante este viaje naufragó en Wittsaud en la embocadura del río Elva. El compareciente capitán Carlos Gustavo Osterstrom, ha hecho delante de mi la declaración siguiente, con promesa de prestar juramento sobre la veracidad de la deposición de que se trata, en todo tiempo y cuando se le pida.

   Declara dicho capitán haber salido de Málaga el veintinueve de setiembre de este año á bordo del Schooner Sueco Acys, mandado por él y con dirección á Hamburgo, teniendo un cargamento de frutas, con una pequeña cantidad de aceite y de vino.

   Además, estaba á bordo como pasajero el joven español llamado Antonio Álvarez, de edad de diecisiete años poco más ó menos y que á bordo todos le llamaban Antonio, el que se había embarcado en dicha ciudad.

   Durante este citado viaje, el buque Acys apareció en Wittsaud á la entrada del Elva, el veinte de Octubre de 1854 á las nueve y media de la mañana. El capitán declara haber visto todavía a las nueve sobre el resto del buque, y mientras era arrebatado con cinco hombres de tripulación, sobre un pedazo del entrepuente, á el piloto, á el segundo, al grumete, y al dicho pasajero Don Antonio Álvarez. El buque Acys habiendo naufragado enteramente, y la tempestad durado todo el día, el mismo capitán no vio ya nada, no ha oído hablar del piloto, segundo, grumete y pasagero Álvarez, por lo que cree con toda probabilidad que este y los demás mencionados, se ahogaron o murieron de frío y de cansancio--Leído y aprobado, lo firma C. G. Osterstrom.- 

   Dicha declaración del capitán Carlos Gustavo Osterstrom ha sido hecha delante de mí y registrado por mí, notario de esta ciudad, y después de haber sido leída y aprobada, ha sido firmada por el compareciente quedando como origina, de que la presente es copia, aprobada por mí, notario, y los testigos que firman abajo.-

   Hecho en Hamburgo á nueve de Noviembre de 1854 - Firmado - Schramm  - F. T. Prohm como testigo - A, Ritter como testigo.-

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   Juzga, querido amigo, las lágrimas que habrán derramado mis ojos por tan sensible desgracia, y los padecimientos de mi familia, al no poder endulzar los últimos momentos de una persona tan querida. Dios, que cob su eterna sabiduría, dispone los placeres y los sufrimientos, nos dará la fuerza bastante para acatar su fallo.

                                                                                                          Es tuyo siempre

                                                                                          Antonio María Álvarez y Gutiérrez


   Como uno de los principales contribuyentes de la ciudad, también estuvo metido en política y así vemos como a primeros de 1843 se presentó a las elecciones a senador por la provincia de Badajoz, obteniendo su escaño y jurando el cargo el siguiente primero de abril de 1843.

   Posteriormente volvió a presentarse a senador, aunque esta vez por la provincia de Lugo, obteniendo su acta el tres de abril de 1872, renovándola el veintisiete de septiembre siguiente.

   Casó dos veces. La primera fue con Amalia Ruiz Delgado, una peruana natural de Lima y afincada en Málaga, el veintinueve de diciembre de 1831. El matrimonio, que se llevó a efecto en la parroquia de San Juan de la capital malagueña, echó al mundo a tres criaturas: Amalia, Antonio y Pedro.

   Al fallecer Amalia el nueve de agosto de 1838, volvió a casarse el veintisiete de julio de 1842, siendo ella Purificación Moya Chacón, condesa de Moya y veinticuatro años más joven, hija de Mariano Moya, marqués de Valdecañas, y de Teresa Chacón. Al matrimonio, aportó Antonio María sus bienes inmuebles, alhajas y un caudal de tres millones cuatrocientos mil reales.

   El matrimonio se efectuó en la parroquia granadina de La Magdalena y echó a mundo cuatro hijos: Matilde, Antonio, Pedro y Miguel.

   Ya he contado la desgraciada muerte de su hijo Antonio, pero no será la única que golpeó a Antonio María, no, que hubo una segunda y también sobre un hijo, llamado, ¡también! Antonio, fruto de su matrimonio con Purificación Moya, el cual, habiéndose alistado a las fuerzas carlistas, cayó muerto el año de 1874.

   Falleció Antonio María Álvarez Gutiérrez el veintiuno de diciembre de 1874.

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Nota: la redacción de lo referente a la muerte de su hijo en Alemania, está tomado del opúsculo donde relata su naufragio, captura por los moros y posterior rescate, el cual se encuentra depositado en el Archivo Díaz de Escovar de Málaga.

IHPMalagueñas

Málaga - 2026

domingo, 21 de diciembre de 2025

UN ENTERRADO EN EL CEMENTERIO INGLÉS DE MÁLAGA: GEORGE STEPHENS, CAPITÁN DE MARINA MERCANTE.

Vista de Montrose. Pintado por John Eaviside Clark en 1824

   En enero de 1831, recaló en el puerto de Málaga un barco mercante británico, el bergantín Cicero, cuyo capitán era George Stephenson, quien era nativo de Montrose, Escocia. Buscando información sobre este buque y este capitán, he hallado una serie de datos acerca de su actividad y capitán, las que paso a relacionar a continuación.

   Advierto que puede haber errores y atribuir a este buque y capitán actividad de otros del mismo nombre, pero por las fechas, parece coincidir. No obstante, dejo abierto el tema para posibles informaciones posteriores o que mis amables lectores me informen de fallos o me aporten nueva información, por lo que les quedaré muy agradecido.

   1819: por un documento manuscrito en una sola hoja en folio y a dos caras, que da cuenta de un suceso acaecido a este buque en el año de 1819 y que narra los acontecimientos que condujeron a la pérdida de un ancla y un cable de cadena del bergantín, de 172 toneladas, en Whitby Roads en agosto de 1819.

   El Cicero había zarpado de Arcángel con un cargamento de avena y sebo, siendo su destino "...el primer puerto del norte de Gran Bretaña".

   Llegó el bergantín a Whitby el 13 de agosto, donde se contrató un piloto y con la ayuda de este se situó el barco y ancló a siete brazas, tras lo cual, George Stephens, el capitán del barco, se trasladó a tierra para dar parte del barco y su carga a Aduanas y hallándose realizando estas gestiones llegó una tormenta repentina del noreste.

   Stephens regresó inmediatamente al barco para ponerlo en mejor situación y que no sufriera daños, pero quedóel ancla parcialmente levada, con la mala fortuna de que cuando el bergantín pasó sobre rocas el ancla se enganchó y para salvar el barco y la carga, se dejó largar aproximadamente sesenta y tres brazas de cable de cadena y un ancla, que se fueron al fondo marino, perdiéndose irremisiblemente.

   Tras esta pérdida, y con el objetivo de poner el buque lo más seguro posible, el capitán ordenó que se pusiera  rumbo hacia la seguridad del estuario de Humber, probablemente al puerto de Hull (Kingston Upon Hull)

   Los hechos del caso fueron verificados por el oficial y el práctico, quien aún se encontraba a bordo, redactando el capitán Stephen un parte del suceso, parte llamado Protesta. Una protesta era una declaración escrita, normalmente redactada por el capitán del barco y certificada por un juez de paz, cónsul, notario público, etc., en la que se indicaban las circunstancias en las que se había producido un daño al barco o a su carga.

   1823: Según una página de internet, existió un bergantín botado el diecinueve de julio de 1823 llamado Cicero, construido por Thomas Barrick, con puerto en Whitby y capitán George Stephens. Esto me plantea dudas acerca de si fue el mismo Cicero o no, si se trata de un nuevo bergantín botado por haber tenido el anterior problemas que impidieron que continuara navegando o que fue sometido a una profunda reforma y fue nuevamente botado, opción por la que me inclino.

   1827: El diecinueve de mayo de 1827, dio vela para Archangel, supongo que será Arcangelsk, al norte de Rusia. El 12 de agosto volvió a salir para el mismo destino y el 5 de septiembre para Picton.

   En octubre de 1827 recaló en puertos colombianos.

   1828: El diecinueve de enero de 1828, procedente de Pictou, Nueva Escocia, Canadá, arribó a Whitby con un cargamento de madera al puerto de Whitby.

   En febrero de 1828 lo encontramos en el puerto de Maracaibo, en Venezuela.

   El nueve de julio arribó a puerto en Whitby procedente de Riga.

   El diez de octubre, y después de 58 de travesía en lastre, arribó al puerto de Quebec procedente de Coleraine, noreste de Irlanda, cerca de Londonderry, siendo su consignatario Irvine & Co.

   Permaneció en dicho puerto canadiense 31 días, partiendo el siguiente 12 de noviembre rumbo a Poole, sur de Inglaterra, cerca de Southampton.

   Tras este suceso, el barco continúo su actividad, no volviendo a encontrar noticias de él hasta que, como decía al principio, recaló en enero de 1831 en el puerto malagueño, bien para recoger, bien para descargar mercancía o ambas cosas a la vez.

   1831: Aunque puedo estar equivocado, este barco y este capitán son los mismos que arribaron a Málaga en enero de 1831 y para afirmarlo me baso en una información que ofrecen un Libro de Registros de la compañía Lloyd´s para 1831, donde recoge los datos de los barcos registrados en esa compañía y entre ellos figura un bergantín llamado Cicero, cuyo capitán es Stephens y que tuvo indemnizó unos daños tenidos por el barco en el puerto de Whitby, precisamente un cable de hierro. Además, coincide en el número de toneladas del barco, una tonelada de diferencia. El barco tenía una cubierta única con vigas.

El bergantín de Stephens podría haber sido como este

    Pues bien, este buque llegó a Málaga y atracó en el puerto, supongo que a la espera de cargar o descargar, si no las dos cosas. Según documentación usada, su carga eran cítricos y pasas, con destino a los puertos de la América del Sur.

 y parece ser que cuando llevaba ya dos semanas en Málaga, la noche antes de partir, el capitán Stephens, por algún motivo que desconocemos, el día veinte de ese mes de enero este hombre cayó a las aguas del puerto, no habiéndose dado cuenta nadie de ello, pues fue encontrado flotando en el agua y para cuando pudo ser sacado de esta no se pudo hacer nada por su vida, pues ya era cadáver.

   Hubo quien, maliciosamente, dijo que probablemente el hombre fuera bajo los efectos del alcohol y que cayó al agua, ahogándose.

   Sus restos mortales fueron sepultados al día siguiente en el Cementerio Inglés de Málaga, habiendo tenido el "honor" de ser el primer individuo en ser enterrado en dicho cementerio. Hoy día no se sabe que tumba ocupó, aunque sí se sabe que al levantarse la cerca del recinto del cementerio, su tumba quedó fuera de este, de modo que aunque fue el primer "inquilino" del mismo, no reposa en el recinto primitivo.

   Supongo que al quedarse sin capitán, el barco debió demorar su partida de la ciudad mientras se solucionaba el enterramiento y el papeleo a que los hechos dieron lugar y cuando lo hizo, puso proa para el Reino Unido, con destino el puerto de Hull, Yorkshire, pero por el camino debió sufrir importantes desperfectos durante alguna tormenta o algún otro tipo de percance, pues el ocho de marzo de 1831 hubo de ser llevado a tierra en Berck-sur-Mer, Paso de Calais, Francia. 

IHPMalagueñas

Málaga - 2023


viernes, 25 de julio de 2025

ARTE URBANO EN MÁLAGA CAPITAL.

   Pintada callejera realizada a la entrada de un garaje en Málaga ciudad, en una avenida de la ciudad, realizada por un artista anónimo.

   A la derecha de la pintada, habían unas letras, garabatos más bien, de una pintada anterior y que hemos quitado para resaltar bien el dibujo de nuestro creador anónimo.

IHPMalagueñas

Málaga - 2025

jueves, 17 de julio de 2025

BREVISSIMA CRÓNICA DE LA CONQUISTA DE ANTEQUERA. 1410.

   Tras dejar el infante don Fernando más o menos solucionados su problemas en Castilla y León, entre ellos la seguridad del niño que sería el futuro Juan II y la consiguiente paz en el reino, dejar a sus hijos Sancho y Enrique como grandes maestres de las Órdenes de Alcántara y Santiago respectivamente y la boda de su hijo Alfonso con María, la hermana del rey niño Juan II y sobrina del propio Fernando, pudo Fernando acometer nuevas empresas en lo relativo a la guerra con Granada.

   A esta situación de dejar todo en orden, se unió el hecho de que el rey de Granada no pudo mantener y renovar la tregua que había entre ambos reinos, aunque lo había solicitado.

   Estos factores fueron suficientes para que se decidiese a reemprender las campañas militares contra Granada, con el fin de aumentar su prestigio y poder y dejar un reino más ancho al futuro rey Juan II, con lo cual, en febrero de 1410 partió de Valladolid con su mesnada, dirigiéndose primeramente a Córdoba, donde junto a sus generales preparó y puso en marcha la nueva campaña bélica.

   Estas reuniones determinaron que el objetivo principal era Antequera, una ciudad de gran importancia dentro del reino granadino, pues aparte de contar con una feraz vega solo comparable a la de la misma Granada, era un importante cruce de caminos que, entre otras cosas, ponía en comunicación la capital del reino con el importante puerto de Málaga, es decir, se trataba de una importante vía de comunicación comercial del reino nazarí y la toma de Antequera supondría un fuerte golpe para Granada.

   A mediados de abril, se le unió en Écija la mesnada sevillana acaudillada por Adelantado mayor de la frontera de Andalucía y Notario mayor de Andalucía Per Afán de Ribera el viejo, quien traía la espada de Fernando III, talismán castellano leonés en la lucha contra el moro, y ya todos juntos alcanzaron la ribera del río Yeguas, frontera entonces entre ambos reinos y allí los cristianos determinaron el orden de batalla:

   - la vanguardia al mando de Pedro Ponce de León, V señor de Marchena

   - las alas y la retaguardia las capitaneaban el condestable Ruy López Dávalos, el almirante Alfonso Enríquez y Gómez Manrique, adelantado de Castilla

   - el centro le conducía el infante, a quien acompañaba el obispo de Palencia, Sancho de Rojas, armado de todas armas como los demás campeones.

   El fracaso que tuvo en su intento tres años antes, de apoderarse de Setenil, hizo que los castellanoleoneses presentaran ante Antequera un ejército menos numeroso pero mucho mejor preparado, más eficaz y más operativo.    

   En total, se presentaron ante Antequera el veintisiete de abril un total de dos mil quinientos lanceros, diez mil peones y mil de a caballo -en esto, otras fuentes hablan de muchos más efectivos, llegando a cuadruplicarlo-, poniendo sitio a la plaza, sitio que se alargó hasta el veinticuatro de septiembre, que se tomó posesión de la plaza. Cinco largos meses en los que los antiquiríes vendieron cara su derrota.


La toma de Antequera. Óleo de Vicente Carducho. Museo del Prado. 141 x 407 cms.

   La parte granadina no estuvo ociosa. Mandó el emir -Yusuf III- predicar en las mezquitas la guerra santa y envió a sus hermanos Alí y Ahmet a Archidona con cinco mil de a caballo y ochenta mil peones, una cifra exagerada sin lugar a dudas, pero que hicieron flaquear la moral de la tropa, ante lo cual Fernando les soltó una arenga para levantar los ánimos y encender en ella la llama del ardor bélico. Según uno de los textos usados, dicha arenga fue así:

   «Camaradas, lo que a vosotros os llena de inquietud y temor, eso mismo me llena de alegría y esperanza. Esperanza en una victoria más rápida y más aplastante; también alegría, porque veo que no quedan ya restos de traidores en nuestras filas. El enemigo no tentaría la suerte de la guerra si tuviese esperanzas de que, como hizo en la campaña anterior, podría sobornar la voluntad de algunos. Me congratulo, pues, de vuestro valor, porque el enemigo no se atrevió a tentar vuestras voluntades … Soldados a los que yo elegí y que me atrevería a enviar a combatir contra el ejército de Ciro, o de Darío, o de Jerjes.

   «No tengáis miedo a esa tumultuosa tropa, alistada de entre los hombres más cobardes y turbulentos, una tropa que confía no en sus fuerzas o en la ciencia militar, desarmada en su mayoría, enviada no tanto para luchar cuanto para asustar, porque viene sin bagajes, sin intendencia, sin aparato bélico. Si conseguimos mantenerles tres días dentro del campamento, se disolverá y se verá obligada a regresar … Yo no creí oportuno reclutar muchos hombres, sino sólo a los fuertes y bien armados, aunque podía haber dispuesto de muchos más. Creedme, si ahora nos llegaran más refuerzos, en mi nombre y en el vuestro me atrevería a decir que su llegada me causa dolor e incluso los devolvería, pues ¿qué gloria obtiene un general y los que buscan ocupar su lugar, si no vencen valiéndose del arte militar y del valor, sino del número de soldados?

   No sólo os invito a una gloria mayor, sino incluso también a un botín más grande aún, pues, cuando los que vencen son pocos, todos obtienen beneficio.

   Ellos no van a tener ahora la suerte que tuvieron en Setenil, pues ¿qué tienen en común aquella campaña y ésta? En aquella estuvieron muchos que ahora no están y están otros muchos que entonces no estaban. Además, en Setenil hubo hambre, traición, cuantiosas naves en ambos bandos, pero ejército de tierra prácticamente nulo; en esta campaña hay comida de sobra, fidelidad entre los jefes y soldados, ausencia de naves en ambos bandos y un ejército de tierra.

   Tengamos confianza en el santo bajo cuyo estandarte combatiremos28. Os digo que nos vimos frustrados de tomar Setenil para que, probada nuestra constancia ante Dios y acrecentada la soberbia de ellos, los derrotaremos en guerra abierta … Deponed ese miedo indigno de vuestro valor; no penséis en otras cosas que no sean el valor, la gloria, la victoria, el botín y, ante todo, Dios»

   Sea como fuere, ambos ejércitos se encontraron frente a frente a primeros de mayo, iniciándose el combate el día seis, acometiendo los granadinos con gran empuje sobre la sierra de las Cabras o de la Rábita, donde se hallaba el obispo palentino con sus huestes, quienes reforzados por hombres del capitán Juan de Velasco, lograron contener y rechazar el embate granadino, ayudados, desde luego, por las trincheras y empalizadas que se habían hecho.

   Y aun a pesar de las arengas y ejemplo dados por Alí y Ahmet, los granadinos, faltos de la disciplina y formación militar necesaria, cedieron ante el empuje castellanoleonés, produciéndose una desbandada entre los moros en todas direcciones, siendo perseguidos , sobre todo, los que huían por el camino de Málaga y el de Cauche, mientras que el infante Fernando acometía con sus fuerza al campamento granadino situado en un lugar llamado Boca del Asno, a la vez que encomendaba al comendador mayor de León que ejerciera una férrea vigilancia sobre los antequeranos e impidiera a toda costa que realizaran salida alguna de la ciudad.

   La victoria castellanoleonesa fue total, pues según las crónicas quince mil granadinos entre muertos, heridos y prisioneros, amén de un cuantioso botín, fue el precio que pagó Granada para esta batalla y, además, Antequera quedaba cercada al mando de su firme y valiente caudillo, el último alcaide moro de Antequera, Al-karmen, quien antes que amilanarse ante la tremenda derrota sufrida por los suyos, se aprestó para ofrecer la más encarnizada defensa. Antequera caería, pero los cristianos sudarían sangre para lograr rendirla.

   Informan las fuentes consultadas que venidas la máquinas de asalto a mediados de mayo desde Sevilla a bordo de trescientas carretas -aunque con casi toda probabilidad fueron construidas en las proximidades de Antequera debido a lo dificultoso del transporte desde Sevilla y a las regulares condiciones de las “carreteras” de la época-, dio comienzo propiamente dicho el asedio.

   Se procuró en la medida de lo posible privar el acceso al agua a los antequeranos, a la vez que se aproximaban a las murallas las máquinas de guerra, aunque el acertado dispositivo levantado por  Al-karmen hizo que sus defensas destruyeran o inutilizaran, momentáneamente, esas máquinas y causaran estragos en sus operarios, ayudándose para ello de una gran bombarda emplazada en la torre del homenaje, que al final logró ser neutralizada gracias a los certeros disparos de un maestro artillero.

   El siguiente paso fue cegar el foso, o las partes necesarias, que rodeaba la alcazaba y el día que se dio el asalto a las bastidas, hombres y máquinas, salió Al-karmen con una tropa, logrando desbaratar los esfuerzos cristianos y causar un gran daño entre ellos a la vez que incendiaba cuantas máquinas de asalto pudo.

   Tras esto, se dieron varios intentos de asalto, pero todos con la suerte adversa para los castellanoleoneses, dedicándose entonces a realizar incursiones por tierras de moros enfrentándose a las tropas granadinas que acudían a intentar levantar el bloqueo, habiendo un permanente combate entre ambas partes por tierras de Málaga y de Jaén, derrotándoles las más de las veces, mientras se mantenía el sitio a la ciudad, a la vez que se acabó de rodear con un muro la alcazaba, bloqueando así los caminos de acceso a ella.

   Ante esta situación, que en realidad no estaba siendo favorable a los granadinos, envió el emir un embajador con la misión de convencer a Fernando para que cesase en su asedio y se aviniese a concertar una tregua de un par de años, pero después de tanto tiempo, recursos y hombres empleados en la empresa, propuso el infante que si el emir quería la paz debía atender a sus condiciones, las cuales eran:

- declararse el emir vasallo del rey de Castilla,

- pagar las parias que acostumbraron a hacer sus antecesores en el trono granadino y

- liberar a todos los cristianos que se hallaban cautivos en cualquier parte del reino granadino.

   Estas condiciones resultaron poco menos que insultantes para el embajador, de nombre Zaide Alamín, quien a no ver cumplido su propósito, intentó sobornar a gente del campo cristiano para que prendieran fuego a la ciudad, pero el complot fue descubierto y los implicados detenidos y ajusticiados.

   Pasaba el tiempo y en estas llegó la noticia de que Yusuf III había levantado un ejército para enviar en socorro de Antequera, ante lo cual Fernando solicitó urgentemente armas y soldados a numerosas ciudades de la Andalucía cristiana, así como dinero para sostener el esfuerzo económico de la campaña, lo que consiguió, así como de privar definitivamente de agua a la plaza, aunque no obstante esto, los soldados empezaban a notar ya las fatigas de la guerra y de lo nocivo de un asedio en la moral de la tropa, por lo cual, para levantar esa moral e imprimir un carácter más sagrado a la empresa, solicitó que se trajera al campo cristiano el pendón de San Isidoro -también llamado de Baeza-, acompañado por soldados.

   Sobre esto, la Crónica de Juan II dice que

   «Los reyes de Castilla quando yvan a aver la pelea con los moros, o entravan por sus cuerpos en su tierra, llevavan siempre consigo el pendón de Sant Esidro de León, aviendo muy grande deboción en él. E por ende el Infante, como hera muy noble e muy católico, avíendo en él muy grande deuoción, enbió mandar a León que le troxiesen el dicho pendón.

   E llegó el dicho pendón al real en diez días de setienbre, e traíalo vn monje. E hera ya tarde quando vino; e bien pluguiera al Infante que obiera venido antes. E mandólo salir a recauir, e entró aconpañado de gente de armas. E el Infante plugo mucho con él, por la grande deboción que avía en él»

Nota: hay autores que piensan que este pendón fue elaborado poco antes de este hecho, con el objetivo de usarlo precisamente en esta campaña.

   Tuvo su efecto la llegada de dicho pendón, pues pocos días después se reanudaron los esfuerzos de asedio y ataque, tomando una de las torres de la muralla, de donde echaron a los defensores, suponiendo el principio del fin de Antequera.

   La Crónica de Juan II sobre esto, dice

   «E pelearon de tal manera que echaron los moros fuera de la torre; e las primeras vanderas que en la torre subieron fueron las de Garcifernández Manrique, e de Carlos de Arellano, e de Álvaro Camarero, e de Peralonso d’Escalante. Y el Infante mandó luego embiar por los pendones del Apóstol Santiago, e por el pendón de Santo Isidro de León, e por los pendones de Sevilla e de Córdova, e mandolos poner encima de la torre del escala, más altos que los suyos que ende eran ya venidos. […]

   E los señores pusieron sus vanderas cada uno en la torre que ganó a la parte de su combate. »

   Ante esto, los antequeranos solicitaron una tregua de un mes para ver si Yusuff III enviaba algún socorro, accediendo a ello Fernando, pero solo concediendo catorce días, al cabo de los cuales, las tropas cristianas, ayudadas por la escasez de víveres, armas y, sobre todo, de agua, que se padecía en la ciudad, lograron el día dieciséis de septiembre penetrar en la alcazaba y la ciudadela, conquistándola, quedando como único reducto el alcázar, que resistió hasta el siguiente día veinticuatro, que capituló, quedando así Antequera para el reino castellanoleonés, suponiendo esto un hecho de gran magnitud que proporcionó fama, dinero y prestigio tanto al infante Fernando como a todos los ricoshombres que costearon y participaron en la campaña, pero sobre todo a Fernando, quien dos años más tarde se convertiría en rey de Aragón.

   Dicha victoria tuvo su eco no solo en la Península, sino que traspasó fronteras.

 


Pendón de San Isidoro.

   Las condiciones de la capitulación fueron pocas: los supervivientes del asedio abandonaría Antequera con lo que pudieran llevar encima y sería escoltados hasta Archidona, estimándose en alrededor de tres mil los que dijeron adiós a la ciudad, quienes contaron con mil cien bestias de carga prestadas por los cristianos para transportar lo poco que se llevaran hasta Archidona.

   El cronista Alvar García dice que los que abandonaron Antequera fueron dos mil quinientos treinta y ocho personas, repartidas de la siguiente manera:

- 895 hombres en edad de luchar,

- 770 mujeres

- 873 niños de ambos sexos,

pero no menciona a los viejos, que sin duda más de uno debió de salir de la ciudad, dando como los resultados las antes apuntadas alrededor de tres mil personas que abandonaron la ciudad.

   Estos antiquiríes, una vez salidos de la ciudad fueron llevados a una zona determinada, donde durante dos días pudieron vender cuanto no podían llevarse, al cabo de los cuales, cargando en las bestias antes mencionadas lo poco que se llevaron, partieron de Antequera camino de Archidona, desde donde se dirigieron a Granada y otros puntos del reino nazarí o del resto de España.

   Una vez en posesión de la ciudad y la alcazaba, se procedió a repartir los inmuebles y a la conformación del gobierno de la ciudad, nombrando alcaide y justicia mayor a Rodrigo de Narváez. Así mismo, se procedió a consagrar la mezquita como iglesia, siendo “actor” en esta ceremonia el pendón de San Isidoro

   «Y en el primero día de otubre ordenó el Infante de hacer bendecir la mezquita de los moros que dentro estaba del castillo, y el Infante vino desde su real en procesión, viniendo a poner todos los clérigos e frayles que en el real había, con las cruces e reliquias de su capilla, llevando delante los pendones de la Cruzada e de Santiago e de Santo Isidro de León, e la vandera de sus armas y el estandarte de su devisa. E iban con el todos los grandes que en su hueste estaban, dando muy grandes gracias a Nuestro Señor»

   También se restauraron las murallas, se nombró una santa patrona, que fue Santa Eufemia, se le concedió a la villa un escudo de armas, que como era natural fueron el león y el castillo, al que al poco de ser nombrado Fernando rey de Aragón, se le añadió una jarra de azucenas símbolo de la orden hospitalaria que había refundado Fernando. 


Monumento a los antaquiríes. Plaza del Carmen, junto a la muralla. Antequera.

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sábado, 12 de julio de 2025

ESTANDARTE DE LA ANTIGUA COFRAÍA DE SANTA MARÍA DE LA CABEZA DE ANTEQUERA. 1591.

   Existió en la ciudad de Antequera una antigua cofradía de la Virgen de la Cabeza, que por mor del devenir de la historia de los pueblos y ciudades, despareció, quedándonos como uno de sus recuerdos su pendón, el cual se conserva en el Museo de la Ciudad de Antequera (MVCA), museo en el cual se pueden ver auténticos tesoros, como el Efebo de Antequera, una escultura romana del S. II.

   Este estandarte de la Virgen de la Cabeza es una magnífica obra anónima datada en 1591. Tiene forma rectangular, con los extremos inferiores terminados en punta y está compuesto por dos caras: 

   - en una de ellas aparece, dentro de un tondo, la Virgen de la Cabeza entre Santa Ana y San Roque. 

   - en la otra cara, aparece el escudo de la ciudad de Antequera con su patrona Santa Eufemia sobre un jarrón con azucenas -como si fuera una azucena más- entre las figuras de un león y un castillo.

   En su decoración se emplea un tipo de bordado renacentista, en el que alrededor de los tondos hay guirnaldas circulares con motivos vegetales, extendiéndose hacia los ángulos inferiores. Una serie de inscripciones con letras bordadas dentro de cenefas, recorren el perímetro de cada una de las caras de la pieza. 

   El bordado se realiza en hilo metálico dorado con poco realce y regular en toda la superficie del paño. Se observa que únicamente en el tondo de la Virgen de la Cabeza la decoración está realizada mediante la técnica de matizado en seda.

   Sus dimensiones son de 224,5 x 107 cms. y su procedencia antes de ingresar en el Museo es el depósito de la iglesia de San Juan Bautista de la ciudad de Antequera y se puede ver en la Sala XII del Museo.


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EL ESCUDO DE ARMAS DE ANTEQUERA. UN ARTÍCULO DE ABRIL DE 1930

   En la revista Antequera por su amor, en su número de abril de 1930, aparece un artículo titulado El escudo de armas de Antequera, escrito por José María Fernández, con profusión de datos y algunas imágenes y que por parecernos interesante lo transcribimos íntegro a estas páginas. (Esta revista se encuentra en el Archivo Histórico Municipal de Antequera, su propietario)

   Esperamos que les resulte interesante.

    Se ha fantaseado mucho sobre el significad o del blasón de Antequera , consiguiendo sólo embrollar al fin lo que al principio aparecía harto claro; que los temas heráldicos fueron siempre propensos a la divagación y al disparate.

   Como el lector ve y todo el mundo sabe, las empresas del escudo mencionado son: un león rampante, una jarra de azucenas y un castillo de tres torres. No existe en el Archivo de la ciudad, ni hay noticia de que en ningún tiempo haya existido la presunta concesión original de tales armas, ni traslado ni referencia alguna acerca de ello, que de haberla habría seguramente dado la explicación de los símbolos heráldicos; bien que estos, por lo demás, aparezcan a la mirada libre de prejuicios, absolutamente claros.

   Conserva, sí, en cambio, el riquísimo Archivo Histórico local, tan poco estudiado hasta ahora, diversas representaciones del blasón citado, de distintas épocas y muy desigual valor artístico; y, caso extraño, la primera de aquellas cronológicamente, la más valiosa por autenticidad y primacía y la belleza de su arte, ha permanecido ignorada siempre, escapando a la mirada de eruditos y curiosos, a pesar de hallarse en documento importantísimo y a la vista de todos en la propia vitrina del Archivo.

   Rara inadvertencia únicamente explicable por la pequeñez excesiva del dibujo y lo decolorado y desvaído de la tinta. Enriquece tan precioso escudo la cabecera de la confirmación del privilegio de Antequera por Enrique IV, otorgada en Úbeda en Septiembre de 1458. 

   En el centro, en campo blanco, aparece una gran jarra con tres varas de azucenas -corta y ya muy borrosa la de en medio- abiertas y en capullo; flanquéanla un león rampante, sin corona, mirando a la izquierda y hacia fuera, como en el tercer cuartel del escudo de España, y un castillo de oro de tres torres; el león y el castillo asaz pequeños a proporción de la jarra. No tiene ésta aspecto de cerámica -terraza- sino mejor de obra primorosa y elegantísima de orfebrería o platería de puro estilo gótico. Excepto el castillo, de oro, escudo y empresas están simple y finamente delineados con tinta. No lleva el escudo inscripción ni cifra alguna.

   Siguen en antigüedad al escudo descrito, las armas de un famoso pendón del Concejo antequerano, creído, por error, tradicionalmente el auténtico que a la villa dejara el Infante a raíz de la Conquista... 

    Y hagamos ahora, ya que hay oportunidad para ello, una aclaración. Hace ya muchos años publicó el Sr. Amador de los Ríos (D. Rodrigo) en «La Ilustración Española y Americana» , un vago trabajo acerca de este pendón, lleno de contradictorias e insólitas conjeturas y caprichosa s negaciones. 

   Desde luego y aun no existiendo otras razones que invalidaran en todo, como veremos, el artículo del señor Ríos, habría que desechar la hipótesis por él propuesta y refutada de que los leones y castillos de ambas caras de la enseña pudieran haber figurado originariamente en los cuatro cuarteles de un guión real. 

   Y esto no, ciertamente, por carecer de corona los leones, como arguye el señor de los Ríos -que aunque otra cosa él creyera esa es la forma en que con más frecuencia aparecen figurados aquéllos en el blasón de los reyes de Castilla, desde Fernando III hasta Enrique IV y aún mucho después-, sino porque de ser así cuartelados habrían resultado los leones (por estar ambos vistos del lado derecho) mirando uno y otro a sus respectivos castillos, forma en absoluto inusitada e inadmisible, no ya sólo en el blasón castellano sino en heráldica general. Además, salta a la vista la perfecta unidad de estilo de las figuras, y hay testimonio fehaciente de que su colocación fué siempre la misma, como tal pendón de la ciudad, del cual sólo se ha renovado en diversas ocasiones por deterioro, el paño del fondo.

   Si descontando, pues, las afirmaciones todas del señor Ríos, y la tradición de origen arriba aludida, nos preguntamos ahora, cuándo se hizo este pendón, el revelador lenguaje de las formas artísticas parece respondernos que hacia fines del siglo xv o acaso en el primer tercio del xvi. Y sin embargo, y perfectamente acorde con la tradición admitida, sabemos que Antequera poseyó un pendón que le dejó su glorioso conquistador el Infante don Fernando.

   En el acta de proclamación de D.a Juana y D. Carlos (27 de Abril, 1516) inserta en el segundo libro del cabildo de esta ciudad, se dice 

   «que mandaron los caballeros del Concejo que fueren traídos los pendones questa cibdad tenía a las casas de dicho cabildo, especialmente el pendón antiguo que ovo dexado el poderoso e católico infante don Fernando, de gloriosa memoria... con que la ganó de los moros enemigos de nuestra santa fe católica.. e asi mesmo el pendón que la cibdad ovo fecho para sus guerras e asonadas que en algunos tiempos esta cibdad tovo con los dichos moros».

   Y luego, en 18 de noviembre del mismo año, con motivo del levantamiento de Málaga contra el almirante D. Iñigo Manrique, manda la ciudad que se pregone, que los peones que los jurados señalaren estén apercibidos -para la ida a Málaga en socorro del Almirante, cercado por los revoltosos en Gibralfaro- y elige por capitán de la dicha gente a Fernando Chacón, alguacil mayor, y manda que lleve

  « ...el pendón nuevo de la ciudad».

   Este pendón nuevo -entonces-, es decir, aquel que la ciudad hizo para sus guerras y asonadas, podría ser, el que por error, desaparecido no sabemos cuándo ni en qué circunstancias el antiguo, se creyó después el que dejara el Infante.

  Pero hay todavía un acta posterior que desconcierta aún más. En 1 de octubre de 1534 se acuerda por la ciudad 

   «que del tafetán que Iñigo de Arroyo compró en la ciudad de Granada se haga una bandera con las armas de la cibdad.» 

   Y cabalmente, a ninguna fecha como la última mentada, cuadra tan bien el estilo plenamente renacentista de la jarra, y el característico león con mechones en las conyunturas de los miembros posteriores, inspirado en el de Borgoña, no anterior en España al blasón de Felipe el Hermoso; es decir, a los albores del siglo XVI.

   Custodia el Archivo municipal un bello cuanto valioso estandarte de terciopelo carmesí bordado de oro e imaginería de sedas policromas, que fué de la antigua cofradía de Santa María de la Cabeza, desde hace muchos años extinguida. 

   En la cara posterior ostenta, bordadas y superpuestas las armas de la ciudad con ciertas arbitrarias novedades: tales como la imagen de la patrona de Antequera, Santa Eufemia, surgiendo entre azucenas sobre la jarra; la bandera de la Cruz ondeando en la torre central del castillo, y el campo del escudo, o mejor dicho, del círculo o medallón donde se hallan inscritas las empresas, tachonado de estrellas. El orden de dichas insignias heráldicas sigue todavía en este ejemplar (1591) siendo el mismo: el castillo a la izquierda—la derecha del espectador — y el león, naturalmente, a la diestra.

   En la portada de cierta curiosa y ya rara edición local del privilegio de Antequera, impresa en esta ciudad por Claudio Bolán en 1600, figura otro escudo reproducido asimismo en este trabajo. 

   Ofrece nuevas variantes. Las tres empresas no están en éste, como en los escudos anteriores, libres en el campo o fondo del escudo, sino caprichosamente apoyadas en el suelo. La jarra con las simbólicas azucenas es de forma renacentista, pero pesada y sin gracia, de pie gallonado y asas enroscadas. El castillo, de planta circular, con tres torres encaperuzadas; harto mezquinas las laterales, rematando las tres en ondeantes banderitas. Tiene aquél tres puertas y en los muros muchas saeteras, óculos y rombos. El león -alimaña de imposible clasificación zoológica- luce, por primera vez en el blasón antequerano, una enorme corona en la cabeza.


   El dibujo de los emblemas descritos, como puede verse en la reproducción adjunta, es feo e infantil, sin siquiera noción de perspectiva. En la parte inferior del escudo aparecen ahora también por vez primera las iniciales A. T., y una rúbrica inexplicable: acaso la del autor del diseñ o o grabado. 
 
   Este escudo ofrece la curiosa particularidad, que puede comprobar el lector cotejándolos, de haber sido modelo inspirador del que figura pintado a la aguada, con exquisita delicadeza, al frente del privilegio perpetuo de exención de alcabalas otorgado a Antequera por Felipe III en 1618. El hábil artista, corrigiendo cuanto pudo el defectuosísimo modelo que le facilitaron, hizo un trabajo primoroso, si bien inexacto desde el punto de vista heráldico: parece el escudo como cortado de azur y sinople.  


   Y veamos, para terminar la serie, cómo se representó el blasón antequerano en tiempos más modernos, ya en pleno barroquismo. 

   Enriqueciendo un padrón de caballeros hijosdalgo de Antequera (1707) hay en el Archivo municipal un escudo de la ciudad chapuceramente pintado a la aguada y encuadrado por cartela de hojarasca, (carmesí, gules y sinople), con la rara novedad de una áurea corona floronada, enriquecida con piedras preciosas. 

   Osténtase en este ejemplar, por primera vez partido de gules y blanco el escudo antequerano, forma inusitada y arbitraria que ha prevalecido -seguramente por ser éstos los tan conocidos colores heráldicos de Castilla y León-, induciendo a error a todos los que posteriormente pintaron por encargo oficial el escudó tantas veces mentado, y hasta alguno, por cierto, harto consciente de lo que hacía.

   Otras diversas variantes se notan en el ejemplar que describimos. El castillo no es de tres torres, como siempre se le representó, sino de una sola de tres cuerpos. Las iniciales A. T. Q. y el lema POR SU AMOR están, como el lector puede observar, fuera del escudo y cartela, campeando en el fondo del recuadro.


    
La jarra, con pie, cuello y asas de oro y cuerpo que pretende ser de cristal o plata, apoya, o mejor, surge de la punta del escudo, todo torpe o desgraciado. 
 
   Una piadosa tradición, recogida por los analistas de Navarra, cuenta que, cazando en tierras de Nájera el rey García -el de Atapuerca- una mañana del año de 1044, persiguiendo a una perdiz que huía asustada de un azor, penetró en cierta gruta, donde súbitamente ofrecióse a los ojos atónitos del monarca navarro, un espectáculo singular y maravilloso. 

   En lo hondo de la cueva y en rústico altar, vió una imagen de la Virgen María (*), y a sus pies una lámpara y un esquilón. Juzgando don García milagroso aviso del cielo aquel hecho, hizo a poco edificar en el lugar mismo de la aparición un santuario para la Virgen y un grandioso monasterio -el de Santa María la Real de Nájera, pero no el que subsiste- que entregó a los benedictinos cluniacenses: y, para más honrar y perpetuar el recuerdo de la aparición que él juzgó prodigiosa, instituyó bajo su amparo la primera orden de caballería que hubo en España: la de la Terraza o de la Jarra, para combatir a los sarracenos y proteger a las doncellas, y dió a los caballeros, cual insignia o divisa de sus collares, la simbólica jarra de azucenas de Santa María. 

   El Infante de Castilla, don Fernando, ganador glorioso de Antequera—que al decir de su biógrafo, el discutido e incierto autor de la «Crónica de Juan II», Alvar García de Santa María, Pérez de Guzmán, o quien sea—,«era muy devoto e rezaba continuamente las horas de Nuestra Señora, en quien él había muy grande devoción», restauró en Castilla, siglos después de instituida por García de Navarra, la orden de la Terraza, esencialmente mariana, según acabamos de ver. 

   Y he aquí, a este respecto, la más autorizada noticia: 

   El insigne prosista Fr. José de Sigüenza dice en su «Historia de la Orden de San Jerónimo», al narrar la vida de Fr. Juan de Soto de la Nava, confesor del Infante don Fernando y prior del monasterio de la Mejorada, que le acompañó en el asedio de Antequera, que

   «había instituido -el Infante - pocos dias antes en Medina del Campo, año de mil cuatrocientos y tres, cierta orden de caballería que se llamaba de la Virgen Nuestra Señora, por la gran devoción que la tenía». 

   Añade que 

   «...traían -los caballeros de dicha orden- por insignia o empresa, una jarra -terraza- con unos lilios blancos, que llamamos en Castilla, azucenas; nombre hebreo que quiere decir flor de seis hojas (que no tienen más todas las diferencias de lilios que conocemos). Con esta consideración hizo bordar ricamente en campo blanco su estandarte, con la Virgen María puesta de rodillas, recibiendo la bendición del Padre Eterno, y a un lado la divisa de la jarra de las azucenas, que (como todos saben) son símbolo de la esperanza (*), dando a entender que en este vaso purísimo consiste la esperanza del mundo, y también porque son los lilios la primera y más hermosa flor que nos muestra la venida del verano y sus frutos, y nos da estas ciertas esperanzas. 

   Por esto -prosigue el padre- el devoto Infante, por consejo de nuestro Fr. Juan, labró este estandarte real con la imagen de aquella Reina en quien tenía puestas todas sus esperanzas, que fué ingeniosa y santa empresa».

   De regreso en Castilla D. Fernando, hizo algunas ofrendas al monasterio de la Mejorada, del que fué siempre espléndido benefactor. 

   «Entre otras cosas señaladas que dió -sigue el mencionado padre- fué el estandarte y pendón real que llevó en la guerra. 

   Esta afirmación del padre Sigüenza, tan escrupuloso en sus investigaciones, y tan conocedor del monasterio de la Mejorada -jeronimiano como él-, parece contradecir lo transcrito arriba, del acta de proclamación alusivo al estandarte.

   Resumiendo: la bellísima empresa heráldica antequerana dice, pues, y proclama, que POR AMOR (**) de la Virgen María, simbolizada en la jarra de inmaculadas azucenas, los reinos unidos de Castilla y León, es decir la monarquía castellana, personificada en el devoto y heroico Infante don Fernando, rescató del yugo sarraceno a la fuerte y codiciada Antequera.

                                                                                                                        José Mª. Fernández


(*) Santa María de la Esperanza se llamó la secunda parroquia de Antequera, donde fué instituida la Colegiata y cuya imagen se venera hoy en la Iglesia Mayor de San Sebastián.  

(**) El lema «Por su amor» se ve inscrito con todas sus letras en góticos caracteres de azul y plata, en la banda que ciñe el cuerpo de la jarra del histórico pendón del Concejo local, reproducido en este artículo. 


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